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Mi peque miente, ¿qué hago?

Mi peque miente

Mi peque miente

La palabra mentira no es adecuada para los niños. Pero si acusa a su hermano de comerse las golosinas y ha sido él, es evidente que algo ocurre.

La causa más probable de que mienta es el miedo al castigo o a defraudarnos. Si sueles regañarlo severamente cualquier pequeña falta o si has exagerado tu reacción ante alguna mentira anterior, el peque puede desarrollar un temor muy intenso a tu desaprobación. Por todo ello:

 

1. Una buena política es centrarse más en buscar soluciones que en buscar culpables. «A ver, ¿quién derramó el chocolate en el sillón?». Ante esta pregunta formulada en tono imponente no es de extrañar que un niño mienta. No hay por qué someterlo a un «tercer grado» y empeñarnos en que diga su falta. Si le hacemos preguntas capciosas, casi le estamos invitando a mentir. Es preferible decir algo como: «Mira, el sillón está sucio, vamos a limpiarlo. Verás cómo lo dejamos reluciente». En lugar de alzar el dedo acusador, esta salida pone el acento en la cooperación y en la solución de problemas.

 

2. No conviene ser demasiado rígidos. Si estableces normas de conducta severas e inviolables y además exiges una transparencia y sinceridad absolutas, estarás propiciando la mentira. Al no poder satisfacerte, empezará a inventar «mentiras piadosas», que pueden convertirse en hábito.

 

3. Explícale los inconvenientes de mentir. No hay que conformarse con decir «no se miente». Hay que hacerles ver que pueden perjudicar a otros, lo hacen a uno sentir mal, la gente deja de confiar en ti… También podemos decirles: «¿Cómo te sentirías si no pudieras confiar en lo que la gente te dice?».

 

4. Busca otras soluciones. Se puede reparar lo que se ha roto y se pueden pedir disculpas. Muéstrale que mentir no es la única ni la mejor solución.

 

5. Destaca la honradez. Aprovecha los ejemplos de lo que ven en televisión, de los cuentos para niños o de la vida real. «¿Has visto cómo ese hombre regresó el dinero que se encontró?».

 

6. Felicítalo por ser sincero. «¡Qué bien, me gusta que digas la verdad!». «¡Qué chico tan honrado y sincero!». Los adjetivos positivos son muy convenientes, por la misma razón que los negativos no lo son: animan al niño a portarse mal.

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