Categorías
Especiales

¿De qué sirve dar a tu hijo crayolas para que haga garabatos?

Para los adultos, los garabatos y dibujos de los niños pueden ser simples rayones sin sentido, pero en realidad tienen una gran aportación en el desarrollo de tu hijo. De hecho, los padres cada vez se interesan más por los dibujos de sus hijos, los miran con entusiasmo, los enmarcan, los coleccionan; ¿eres de este grupo? 

Si tu respuesta ha sido sí, quizá te ocurra que no es la belleza del dibujo lo que más te cautiva sino su riqueza expresiva, lo mucho que tu hijo dice a través de sus dibujos y garabatos, por lo que sabes que dar a tu hijo crayolas para que haga garabatos y dibujos es un acto que suma mucho a su desarrollo emocional.

DE CRAYOLAS, GARABATOS Y EL DESARROLLO DE TU HIJO

Los niños tienen propensión a dibujar desde muy pronto.

A los 18 meses pueden ya tomar un lápiz o una crayola y hacer los primeros garabatos: trazos desordenados, descontrolados, irregulares y de dirección variable. Estos primeros dibujos suelen salirse del papel y carecen de sentido. El garabato funciona como simple descarga motora para el niño, que obtiene placer con el movimiento. Con frecuencia mira para otro lado mientras hace estos trazos.

Aunque estos garabatos no representen nada, a ellos les resultan divertidos y son una forma de expresión. Algunos padres tratan de encontrar en ellos algo que pueda reconocerse, pero en esta primera etapa es inconcebible que el niño pueda trazar un dibujo de algo real. Y, sin embargo, es importante interesarse por lo que hace, pues él debe sentir que este modo de comunicación es aceptado y valorado por los adultos.

Llega un momento, más o menos a los seis meses de empezar a garabatear, en que el niño descubre que hay una relación entre sus movimientos y los trazos resultantes, y eso es una experiencia muy importante para él. Trata de usar varios colores, le gusta llenar toda la página y probar materiales diferentes: plumón, crayola, lápices de colores… La experimentación predomina sobre la expresión, toma un lápiz de color tras otro, y suele hundir las puntas por la presión.

Con dos años y medio

Ya trata de dirigir y controlar el movimiento de la mano, comienza a respetar los límites de la hoja e intenta cerrar las líneas. La coordinación mejora, el garabato se hace circular y los trazos más controlados. La actitud de los padres y educadores es ahora más importante, pues el niño acudirá a ellos con sus dibujos para que participen de su entusiasmo. Además aparece el simbolismo. Los garabatos siguen sin parecerse a nada real.

Y a los tres años, cuatro años… 

Los niños empiezan a dar nombre a sus creaciones, pues para ellos ya representan personas u objetos («esta es mamá», por ejemplo), aunque con un sentido personal y poco estable. Lo que empezó siendo una pelota puede convertirse sobre la marcha en un caballo y terminar siendo una casa.

La cantidad de tiempo que el niño dedica ahora a esta actividad aumenta. Los garabatos pueden estar bastante bien diferenciados, bien distribuidos por la hoja, y por lo regular describe lo que está haciendo.

Empieza a darse un parecido entre el dibujo y la realidad, aunque la representación de lo real es muy rudimentaria, ya que el niño todavía no tiene noción de distancia, perspectiva ni proporción.

Es ahora cuando la figura humana comienza a aparecer en sus dibujos. Personas que suelen consistir en un círculo con marcas que representan los ojos, la nariz y la boca, que pueden estar en cualquier lugar y posición dentro de ese círculo (al principio, incluso fuera de él).

Estos personajes quizá tengan orejas y pelo, representados de manera rudimentaria, y también unos brazos rígidos que salen directamente de la cabeza. A veces los brazos terminan en unas manos compactas, a modo de mazo, que incluso pueden rematarse con unos dedos que casi nunca serán cinco. Las piernas, si las hay, también salen de la cabeza; suelen ser dos trazos rectos que terminan en unas bolas a modo de pies.

Nos encontramos en lo que suele llamarse la etapa del «renacuajo». A veces ya en estos años aparece el tronco en forma de un rudimentario óvalo o rectángulo, pero todavía no hay cuello. Es frecuente que las figuras estén haciendo algo, pero hay que adivinarlo a partir de otros objetos que tienen al lado (una pelota, por ejemplo) o de los comentarios del niño.

A veces a los cuatro años empiezan a aparecer la ropa y el paisaje. Incluso algunos ya no dibujan cosas aisladas, sino que insinúan contextos, escenas: el hombre puede estar sobre un suelo, bajo un sol, hay un coche que pasa, un árbol…

Así, el interés del pequeño por dibujar personas (suele ser lo primero que pintan) se mantendrá a lo largo de toda la infancia: pasarán de pintar personajes anónimos, a retratarse a sí mismos, a sus padres y hermanos, a sus amigos… Procura no forzar a tu hijo a que le dé nombre o sentido a lo que dibuja, mejor foméntale la libre espontaneidad: sé flexible y no trates de encasillar sus producciones.

Por Felipe Salinas